Una cosa de la Navidad que me encanta, aparte del turrón de chocolate Suchard es que a ninguna persona de las que conozco le da vergüenza expresar abiertamente lo que siente.

Ñam, ñam

Aunque sea por wasap.

Y es que entramos en el mes ñoño por excelencia: Diciembre. El mes en el que tenemos días libres para juntarnos con nuestras familias. Y aunque a algunos les parezca una tragedia, la mayoría de nosotros, por muy rancios que seamos, sentimos ya ganas de lucecitas, de dulces , del anuncio emotivo de la lotería y de todo tipo de artículos inútiles que solo compramos ahora.

Sufrimos de una maravillosa amnesia transitoria cuyos síntomas son: Enloquecimiento en los centros comerciales, siestas ante el televisor los domingos encantados con películas de serie B en torno a Santa Claus, tendencia a decorar la casa con excesivo brilli brilli, y sobre todo, absoluto enganche emocional ante todo lo que signifique y huela a almendra. Durante estas fechas se nos olvida lo que engordan los polvorones y de lo redicha que puede resultar a veces tu cuñada. De lo mal que nos sienta el Anís del Mono y de lo nefastas que son las letras de los villancicos. Porque sencillamente, sacamos a la luz junto con los leds del árbol, nuestros sentimientos más íntimos y  genuinos. Aquellos que escondemos durante el resto del año por el terror a mostrarnos tal y como somos y no conectar con el resto del mundo. De un tiempo a esta parte cualquier cosa que enunciamos a través de las redes sociales o en directo ofende. Nos olvidamos de que somos muchos y de que es imposible gustar a todos.

Por eso : ¡Benditas fiestas navideñas! Porque resurge la vulnerabilidad de nuestro ser y es en esta época en la que deseamos más que nunca la felicidad. Disfrutar del amor de los nuestros, de la ternura y de la alegría sin coraza alguna. Sin pensar que el 7 de enero está a la vuelta de la esquina y que volveremos a la triste realidad del kiwi, la leche desnatada y de los cereales integrales.

Pero de aquí a ese día nos separa un dulce camino de baldosas de mazapán. Disfrutemos de la dicha que confiere el ser uno mismo. Gocemos de ese abrazo a tus padres, sin pensar que quizás el año próximo no estén.  Comámonos a besos a esos sobrinos a los que vemos poco y que cada año se parecen más a nuestros hermanos. Comportémonos con la inocencia del niño que llevamos dentro pero sin confundir la vulnerabilidad, la que nos hace avanzar como personas dignas de ser amadas con la debilidad. Porque el hecho de sentir miedo a que la felicidad dure unos días y de que se esfume casi al instante de rozarla es lo que nos hace ser mejores. Quizás por ello resulta mucho más gratificante. Y pensemos que lo mejor de la vida es vivir sin hacer planes. Sin querer controlarlo todo .

Afrontemos este mes con valentía y tengamos el coraje de decir y hacer  lo que nos apetezca. Esta es sin duda la mejor época para hablar con el chico que te gusta desde hace meses ¿ Por qué no? O pedirle sal a esa vecina tuya que te vuelve loco. O invitar a cenar a ese compañero de trabajo que no deja de mirarte pensando que tú ni te enteras. Y al igual que septiembre es el mes de los divorcios, diciembre es sin duda el del amor. Ya habrá tiempo para sufrir. No te precipites. Busca el muérdago y cuando lo encuentres, ponte debajo. Asegúrate de tener al lado a la persona que quieres. Al menos a la que deseas en ese momento. Que tras las uvas, ya la vida se encargará de guiarte. Mientras tanto disfruta de tu paréntesis, que para eso nieva fuera. Recuerda que los besos saben mejor cuando hace frío.

Porque el año se termina. Y tú eres lo suficientemente mágico como para ponerle el broche de oro que se merece. Y brindar: Lo mejor, sin duda, siempre está por venir.

Si eres capaz de soportar estoicamente toda la felicidad que se te viene encima, de empacharte de abrazos y de besos hasta reventar sin pararte a pensar un solo instante en el futuro, entonces, solo entonces habrás recibido el mejor de los regalos.

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